La palabra está de moda. La crisis económica es relativamente nueva, pero la crisis del negocio-industria de la cultura no, comenzó hace casi 15 años. Los momentos de crisis sirven para redefinir las cosas –dicen que hasta el capitalismo–, para hacer los cambios generaciones y estructurales necesarios. A este proceso se llama [adecuadamente] crisis.

Un gobernante o líder sabe reconocer esos momentos en que hay que recoger las cartas y volver a repartirlas, porque el juego actual ya tiene las manos contadas. Los ciegos –a veces también los necios– en cambio se empeñan en la receta de la sopa: para mostrar que estábamos en lo cierto, dos tazos más. Para estas recetas no hay nadie mejor que alguien de la vieja guardia –los obsoletos– pero mejor si tiene si es más jóven y guapo.

Por otro lado y sin que tenga relación, hay gobiernos que se empecinan en separar ciencia de cultura, basta mirar la organización de sus ministerios y a quién ponen a cargo de cada uno. Dicen que la cultura está en crisis porque hubo una revolución tecnológica. Para solucionarlo nada mejor que poner a cargo de cultura a un ignorante científico-tecnológico. Y que además esté orgulloso de serlo.

Pero estoy equivocado en mis anteriores palabras “obsoletos”, “guapos” “ignorante” y “orgulloso”. El género debería ser femenino. Tanto monta dos tazos o dos tazas.

Hay cosas que uno saben que son gilipolleces, peor que hablar a las paredes, aún así son irresistibles.

Ni un día de gracia

Ni un día de gracia