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El decano del Colegio Oficial de Informática, director de Bitel por nombramiento político, pagaba al vicedecano y secretario por informes que todavía no aparecen. Reconoció ante el juez que les cobraba una comisión entre el 16 y el 22%. El vicedecano y secretario reconocieron que pagaban esas comisiones, pero dicen que estaban “obligados” y bajo presión –del decano–.

También afirmaron ante el juez que lo que hacían no era ilegal, sólo irregular, y que si no lo denunciaron era por temor… a un señor que ellos acompañaron durante varios años en la creación, junta constituyente y luego en la primera y única candidatura que se presentó para dirigir el colegio.

El vicedecano afirmó que él sí luchó contras las “presiones” para pagar las comisiones, por eso mismo se hizo empleado… ¡de Bitel!

El otro, el secretario, según la prensa ganaba 7.000 euros al mes, 2.000 de la empresa que también está acusada de facturas falsas e informes inexistentes, y otros 5.000 directamente… ¡de Bitel!

Mientras tanto, el decano, vice y secretario continuaban en sus cargos del colegio ni renunciar ni informar nada. No sólo eso, se inventaban servicios del colegio que luego vendían en su empresa, y cuando otros cargos renunciaron a la junta ocultaron las razones e intentaron colar al hermano del secretario –también acusado– como “gestor” [sic] del colegio.

Parece un sainete-ficción, pero es verdad y facilmente verificable en la prensa de Mallorca.  La ética y deontología es mucho más estricta que las leyes. Ese suele ser el “fundamento moderno” de los colegios. Si esto hubiese ocurrido en cualquier otro colegio “serio”, por ejemplo en el de Abogados de Balears –que tampoco deben ser ejemplares–, todos estos señores estarían inhabilitados para ejercer la informática por mucho tiempo.

¿Qué pasa aquí? Pues que se está observando un tupido velo.

Además de lo que escribí en este blog (incluso hace años), muchos amigos, colegas  y conocidos saben muy bien que desde que comenzó a tramitarse lo del colegio les dije que esto olía muy mal, a chamusquina de las peores.

Luego no nos quejemos del canon, la SGAE, las tarifas “protegidas” de la CMT… intentamos lo mismo en cuanto podemos. No es coincidencia que detrás de cada nuevo colegio haya “profesionales” con intereses claramente partidistas –y con buenas relaciones “políticas”–. Estaría bien examinar a esos informáticos el conocimiento, experiencia y práctica que tienen en su profesión. Pero dirán que eso no es “ético”. (25/12/2006)

No hacía falta ser un adivino. El principal promotor, luego decano y ahora principal acusado reconoce abiertamente –me lo dijo personalmente– que de temas técnicos “ya no entiende mucho”, seguramente lo más importante era que había servido de “perito” para el caso de espionaje de Bitel –donde estuvieron involucrados otros miembros de la Junta del Colegio–.

Los que acabaron siendo vicedecano y secretarios eran dos personas que acababan de terminar la universidad, con mucha –demasiada– ambición pero sin ninguna experiencia profesional o académica que les sirviese de aval para esos cargos en principios tan importantes. Justamente el de velar por la práctica ética de la profesión.

Era sólo cuestión de tiempo para que se descubriesen las verdaderas intenciones. Aunque no me esperaba que hubiese sido tan cínicas, ilegales “irregulares”,  y en tan poco tiempo.

Cuando vea a más profesionales informáticos, especialmente los colegiados, indignados y que expresen esa indignación públicamente, quizás recupere algo de fe en el estado actual de la “ética profesional” y quizás, sólo quizás, pueda empezar a creer que los colegios tengan alguna utilidad para la sociedad…. además de servir de chiringuito para los intereses personales de unos pocos.

El silencio actual no invita al optimismo. Si los mismos amigos o colegas me intenten explicar que los políticos, la SGAE o los empresarios son unos corruptos, les pediré que se traguen sus palabras hasta que tengan la misma valentía y compromiso ético cuando se trata de su profesión y sus colegas.

Por cierto, “el bueno” en el título es sólo una “licencia poética”.