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Con todo ese culebrón montado por el cierre de mi blog (del todavía no puedo explicarme la la larga cadena de estupideces hasta llegar al borrado de un apunte bastante descafeinado) recibí cientos de emails, llamadas telefónicas, ofertas de ayudas, hosting, comentarios en otros blogs (incluso llegó a El País y 20Minutos), etc. etc.

Entre todo eso un grupo de amigos virtuales (y otros no tanto) se compincharon para hacerme el regalo del dominio ricardogalli.com, (acabo de ver que también me regalaron gallir.com) que es donde se redirecciona ahora este blog. Gracias.😉

Desde que publiqué el apunte anterior con la explicación fue un subidón que me pasó de la amargura a una sobre excitación, que se juntó con que nuestra hija pequeña –Sofia– se pasó vomitando toda la noche por culpa de un virus y no pude acostarme hasta las 6 de la mañana.

Además hoy tuve que dar clase –pobres chavales, debo haber estado penoso, aunque les puse The IT Crowd, que creo compensó mi dificultad para ser coherente y hacer funcionar el proyector– así que todavía no estoy demasiado en condiciones ni de digerir ni de contar más detalles del sainete. Aunque de la UIB no tengo ninguna información, no me han comunicado siquiera qué decía la “conversación” o las presuntas amenazas, parece que ni siquiera hubo email.

Sólo unas aclaraciones breves (e incompletas, pero breves)

Nunca se me ocurrió pedir que la UIB avalase o diese respetabilidad a mis opiniones, sólo que no me impidiese tenerlas y publicarlas, como es el principio de cualquier universidad moderna. Tampoco la UIB es “responsable” de las opiniones mías, para eso existe la libertad de expresión, la de cátedra, y la LSSI. Es la misma libertad que se ejerce cuando se está en el aula, se publica un artículo científico o uno de opinión en la prensa –que hay cientos cada día–.

Los artículos científicos también son fundamentalmente artículos de opinión, que además siguen criterios y métodos para fundamentarlas. Los artículos científicos son “avalados” por sus autores (y el peer review), no por la institución en la que trabajan, esta última no puede tener injerencia sobre lo que publican sus investigadores y esto prácticamente ni se discute –o eso es lo que se espera–.

Considero, y no soy el único, que la sociedad nos paga para que también opinemos honestamente y sin restricciones más allá de las legales sobre aquellos temas que sabemos –está claro que es cada vez más difícil tener opiniones de “expertos independientes”–.

La sociedad debería un mínimo de confianza en que nuestra opinión es razonablemente experta, honesta y libre de presiones. Esto último es/era mi “activismo”. Aunque no me lo esperaba de mi universidad, ahora creo que queda claro que hace falta mucho más.

Pero si quieren que seamos como una empresa “a la vieja usanza”, que controlan qué es lo que publica cada uno de sus empleados tendrían que aclararlo, especificarlo en los contratos, modificar los estatutos, redactar las normativas, dejar de llamarle “universidad”, estar bajo el mismo régimen jurídico-mercantil-laboral de las empresas, y no quejarse cuando nos quieran privatizar o indicarnos qué deberíamos investigar o publicar y qué no.