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Periodismo convencional

marzo 14, 2014 Los comentarios están cerrados

Plenty of pundits have really high IQs, but they don’t have any discipline in how they look at the world, and so it leads to a lot of bullshit, basically [...] We think that’s a weakness of conventional journalism, that you have beautiful English language skills and fewer math skills.

They don’t permit a lot of complexity in their thinking. They pull threads together from very weak evidence and draw grand conclusions based on them.

They’re ironically very predictable from week to week. [...] You can kind of auto-script it, basically.

It’s people who have very strong ideological priors, is the fancy way to put it, that are governing their thinking. They’re not really evaluating the data as it comes in, not doing a lot of [original] thinking. They’re just spitting out the same column every week and using a different subject matter to do the same thing over and over.

[T]he first step in using data is that you have to collect data, you have to organize it, and you have to explain the relationships. Only then, in rare cases, do you feel like you have a good enough understanding to generalize it into predictions about the way the world really works.

En la entrevista a Nate Silver, palabras de él. Muy de acuerdo. Si te pica, es que quizás no lavas tan bien ;)

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Malaprensa: ¿sólo el 13,6% de menores de 30 años tiene trabajo?

enero 26, 2014 12 comentarios

Respuesta breve: ¡cielos!

Respuesta un poco más larga: no sé cómo han obtenido ese disparate.

Respuesta aún más larga: aunque no sepas nada de estadísticas básicas -deberías, sobre todo si eres periodista y escribes de economía-, ese número debería hacer saltar todas las alarmas y no puedes publicarlo sin preguntar antes.

Actualización: cambiaron el titular  a Una generación arrasada por el paro: sólo el 13,6% de los ocupados son menores de 30 años, que muy sensacionalista, pero no dice nada si no se explica la distribución demográfica.

Titulares disparatados

Me dí cuenta del titular por @malaprensa, al principio hasta dudé -no recuerdo de memoria los números de EPA-, pero tras pocos segundos pensé que era demasiado, y que además no definían desde qué edad. ¿No se les habrá ocurrido contar hasta los bebés recién nacidos? (todo puede ser).

Recurrí a los datos de la EPA y bajé un par de hojas de cálculo (usé los del cuarto trimestre de 2013): los totales de población activa (EPA-4) y las de población ocupada (EPA-8). La EPA no da los totales a 30 años, precisamente, sino en rango de edad de de 16-19, luego a 24, luego a 55 y más de 55. En otra hoja de cálculo obtuve los totales acumulados para 19, 24, 54 y mayores. Y este es el gráfico resultante:

Paro por edades acumulados

Si estás acostumbrado a mirar gráficos ya te diste cuenta: la ocupación hasta 24 años es del 45%, la de hasta 54 años es el 73%. Por la tanto la ocupación de las personas hasta 30 años debe ser superior a 45% y menor a 73%. Con esto ya es suficiente para ver lo ridículo del titular de la noticia, pero se puede intentar una aproximación mejor con estos datos: una interpolación lineal entre el 45 y 73 da una ocupación aproximada mínima [*] del 50% para personas hasta 30 años.

No tiene relación con ese 13%, ¿cómo llegó a eso? Ni idea, no soy socio y no puedo leer todavía (paradoja que se llame infolibre), pero no creo que haya ningún dato que pueda sostener eso. A menos que se le haya ocurrido comparar con el censo total (es decir, personas “no activas”, como estudiantes de bachillerato o universitarios que no buscan trabajo), lo que no deja de ser una burrada, sobre todo si es para elaborar titulares de artículos que pretenden analizar el paro.

En cualquier caso, ya sois un pelín más conscientes de la calidad de información que consumís.

Addendum

En la entradilla afirma:

Los jóvenes rozaban la cuarta parte de la población ocupada en 2006

No sé de dónde saca esos datos ni su relación con ese presunto 13% de ocupados, pero según la EPA en 2006 los jóvenes de hasta 24 años eran el 10,3% de la población ocupada. En 2013 fue del 4.3%.

PS: Si esto es el periodismo de datos que prometen, prefiero a las tertulias.

[*] Se se hacen los ajustes de curva como tocan, el porcentaje será superior. Fijaros que al final -a la derecha- la tasa de ocupación está mucho más estabilizada, lo que implica que la subida de ocupación de 24 a 55 no es lineal, sino que sube más rápido al principio y luego se hace más horizontal. Es simple hacerlo, pero ya es tarde.

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¿Es verdad que sólo 85 personas tienen la misma riqueza que la mitad más pobre del planeta?

enero 20, 2014 19 comentarios

Respuesta breve: NO.

Respuesta más larga y precisa: con los datos disponibles NO lo podemos saber, tampoco parece muy probable.

Respuesta aún más larga: es muy difícil que lo podamos saber.

La frase sale del informe del Oxfam GOBERNAR PARA LAS ÉLITES Secuestro democrático y desigualdad económica (y titulada así hasta en The Guardian, Oxfam: 85 richest people as wealthy as poorest half of the world):

La mitad más pobre de la población mundial posee la misma riqueza que las  85 personas más ricas del mundo.

Actualización: En El Mundo publican un análisis con más detalles de otros errores importantes del informe.

¿Cómo llegaron a ese número?

Los datos de riqueza total los obtuvieron del informe Global Wealth Report 2013, a su vez están basados en los estudios de Anthony Shorrocks, James B. Davies y Rodrigo Lluberas publicados en Global Wealth Databook 2013, y usaron ese total para compararlo con la lista de “riqueza” de los más millonarios de la revista Forbes.

¿Cuál es el problema?

Medir la riqueza global es muy complicado, diría que es imposible obtener una cifra precisa, todas dependen de datos y muestreos estadísticos. Además de los propios problemas de selección de muestras, hay otros problemas insalvables.

Una vaca o hectárea de campo en California vale (en dólares o euros) más que una en Somalía, aunque ambas den de comer a las mismas personas. Un piso en San Francisco tiene mucho más valor que uno en un pueblo de China, aunque ambos den el mismo cobijo y comodidad al mismo número de personas.

Los países con menor desarrollo tienen pocos activos financieros (y sistemas financieros menos maduros) que los más desarrollados. Es difícil cuantificar los activos reales tanto como los financieros: ¿cuánto vale la casa o el coche? ¿qué deuda tiene? ¿el valor de las acciones es real o está en un pico o valle? También hay desigualdad en la información de diferentes países, por ejemplo, en el propio estudio explican estos problemas y ponen el ejemplo de China, que tienen datos de hace diez años, sobre los cuales se hace una estimación.

Es decir, el total de riqueza estimado es eso, una estimación. Puede ser la mitad como puede ser el doble, y dependiendo de coeficientes correctores (por ejemplo, coste de vida y diferencias en cotización) pueden hacer variar los resultados de forma radical. Por eso estos estudios son útiles solo al tener en cuenta resultados estadísticos (medias, percentiles, etc.) y para comparar la evolución si, y solo sí, se usan los mismos métodos de medición.

Uno de los objetivos del estudio era estudiar la “movilidad” entre las personas más ricas. En el propio informe se explican los problemas de sus estudios (que no sirven para comparar con poblaciones pequeñas), por lo que usaron datos de listas de Forbes y otras publicaciones, pero no lo pudieron usar directamente, tuvieron que aplicar correcciones, aplicar fórmulas, descartar

Our method of estimating global personal wealth is essentially a “bottom-up” approach. It begins  by establishing the average level of wealth in different countries onto which we graft the pattern of wealth holding revealed in household sample surveys and other sources. Although sample surveys do not formally exclude high net worth (HNW) individuals with net assets above USD 1 million, they are not always captured, and the value of their wealth holdings is likely to be underestimated. The same is true to a much greater extent for ultra high net worth (UHNW) individuals with net assets above USD 50 million. In fact, the US Survey of Consumer Finances  – which otherwise does an excellent job in the upper tail of the wealth distribution– explicitly omits the 400 wealthiest families from its sampling frame. This is not enough to completely  invalidate our general approach: for example, the world’s billionaires reported by Forbes  magazine for the year 2013 were collectively worth about USD 5.3 trillion, which equates to 2%  of our estimate of USD 241 trillion for total world household wealth. However, further analysis  and appropriate adjustments are required in order to paint an accurate picture of the number of  the wealthiest individuals and the size of their holdings.  In order to proceed, we exploit the fact that the top tail of wealth distributions is usually well approximated by the Pareto distribution, which produces a straight line graph when the  logarithm of the number of persons above wealth level w is plotted against the logarithm of w.  Our data yield a close fit to the Pareto distribution in the wealth range from USD 250,000 to USD 5 million.

[...]

The “rich lists” provided by Forbes and other sources have other limitations for our purposes.  The figures are dominated by financial assets, especially equity holdings in public companies  traded in international markets. For practical reasons, less attention is given to non-financial  assets apart from major real estate holdings and trophy assets, such as expensive yachts. Even less is known – and hence recorded – about personal debts. Some people cooperate  enthusiastically with those compiling the lists; others prefer to protect their privacy. There are also different country listings for nationals and residents, which is especially evident for India, for instance. As a consequence, the rich list data should be treated with caution. At the same time, the broad patterns and trends are informative, and they provide the best available source of information at the apex of the global wealth distribution.

[...]

The study of global household wealth is at an embryonic stage.

Lo citado anteriormente explica que el método usado para medir la riqueza global no es capaz de capturar la riqueza de los más ricos, que incluso para obtener estadísticas razonables (en EEUU) hasta se omiten a las 400 familias más ricas, que en las listas de Forbes no recogen las deudas, y que es complicado usar esa lista incluso hasta para obtener estadísticas de decenas de miles de “millonarios”.

Y lo más importante, la frase que puse del final (en la página 9): estos estudios están todavía en fase embrionaría, por lo que no hay que tomar como datos definitivos, ni siquiera como de alta precisión.

Creo que ya está claro que la conclusión de que los 85 más ricos del mundo tienen la misma riqueza que la mitad más pobre es un error muy grave, no se pueden mezclar datos obtenidos de forma y con metodologías diferentes (uno es un macroestudio profesional, el otro una aproximación mucho más burda e incompleta). Cualquiera que sepa lo mínimo de economía y/o estadísticas detectará el error muy rápidamente y le dará la credibilidad que se merece: cero. ¿Es esto lo que pretendían? Supongo que no, pero en la búsqueda del titular espectacular, es lo que consiguieron.

¿Y qué dice el informe sobre millonarios y distribución de riqueza?

Sí, según los estudios citados, el 1% de los más ricos poseen el 46% de la riqueza mundial, el 0,7% posee el 41% y el 68,7 de la población sólo el 3% (de los cuales, sólo el 30% de la población de países desarrollados cae en esta categoría).

Pirámide de riqueza

Por otro lado, en el estudio de la parte superior de la pirámide obtuvieron la siguiente segmentación:

Pirámide de los más ricos

Our estimates suggest that there are 98,700 UHNW individuals worldwide with net assets exceeding USD 50 million. Of these, 33,900 are worth at least USD 100 million and 3,100 have assets above USD 500 million.

Aquí se puede aproximar (aunque no lo dicen en el estudio, porque es muy arriesgado llegar a esta conclusión: no se sabe la media, sólo el umbral > de 500 millones de dólares) que los 3.100 individuos más ricos poseen aproximadamente entre el 0,6 y el 1% de la riqueza mundial. Ojo, insisto, es aproximación para mostrar una dato espectacular y forzado, pero aún así muy lejano de las 85 personas que poseen lo mismo que la mitad más pobre.

También dicen en el informe que según sus propios datos, la desigualdad aumentó desde mediados de 2012 a mediados de 2013: la riqueza global aumentó un 4.9% pero el número de millonarios en un 6.1%.

Nota: El 38% del 10% de la población más rica pertenece a Europa, que ha subido considerablemente con la apreciación del euro. Si me estás leyendo desde Europa, quizás estás en el 10%, y hay una probabilidad del 70% que estés por encima del resto del 68.7% de la población más pobre.

Disclaimer: No pertenezco a ese 1% más rico, ni me pagaron ni pidieron que escriba este apunte.

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En Twitter se dijo… arde Twitter…

Arde Twitter por JRMoraYa son habituales los titulares y noticias basadas en “arde Twitter”, como si el cabreo de unos pocos cientos de personas en Twitter (o la red que sea) fuese una noticia. Pero también veo cosas más curiosas, como un artículo de “clases de periodismo” que lista los veinte peores (según el autor) errores del periodismo en 2013.

La selección es quizás bastante adecuada, pero comete otro error: justificar o argumentar la decisión basada en “opiniones en Twitter”. Detecté tres que inmediatamente me generaron preguntas:

Debido a la grave acusación que se hizo, por Twitter varios usuarios criticaron e incluso amenazaron al departamento de investigación y al director del diario, Pedro J. Ramírez.

¿Es relevante para alguien además de Pedro J.? ¿cuántos usuarios? ¿qué dijeron para que haya que mencionar algo tan impreciso desde “criticar” hasta “amenazar”? ¿o lo relevante es que un periodista haya recibido unas pocas de las millones de “amenazas” que se se escriben cada día en Internet? ¿lo  hubiesen comentado si las las “críticas y amenazas” se hubiesen dedicado a un anónimo twittero?

En Twitter, los usuarios afirmaron que la portada se trató de una estrategia amarillista para aumentar las ventas del diario.

¿Cuántos “usuarios”? ¿qué tiene de relevante lo que opinan unos pocos cientos de usuarios en Twitter? ¿cuál es su representatividad? Y lo más importante ¿las opiniones en Twitter son fuente de ética para juzgar si es correcto un artículo o una foto? Si al menos se presentasen los argumentos podría servir para dar pistas.

A través de Twitter, los usuarios comunicaron el error y compartieron varias imágenes del incidente.

¿Es esto un publirreportaje de Twitter?

Cada vez entiendo menos este “flipe” de algunos periodistas con lo que leen en Twitter. Quizás porque piensan que es un método sencillo y barato de medir la tan elusiva y compleja “opinión pública”, pero es un error tan grande como persistente:

Hay suficientes datos que ponen en duda que los usuarios de Twitter sean una muestra válida de la población, y los usuarios más activos no son siquiera una muestra válida de esos usuarios. Ya deberíamos saber que lo fundamental para obtener una idea básica de la “opinión pública” -hasta en temas básicos como encuestas electorales- es muy complicado, tanto en la selección de la muestra adecuada como en la elaboración de las preguntas para evitar múltiples efectos (y trucos) psicológicos conocidos.

A esto se le suma otro problema: el de la cámara de eco. Cuando se publican esas noticias de “Twitter opina” ni siquiera se hace un estudio de una muestra válida de usuarios, se reducen a lo que han visto en su timeline. Como cada uno tiende a seguir a otros con ideas (o profesiones) similares, las lecturas están fuertemente sesgadas, y ese sesgo además amplificado por el grupo. El resultado es que tendemos a sobrevalorar exageradamente la validez y aceptación de nuestras opiniones.

Estos sesgos son muy humanos, están muy estudiados y tendemos a sobresimplificar cualquier problema. Es inevitable, pero el ejercicio del periodismo profesional -tal como se hace en la comunidad científica- es reconocer que todos somos víctimas de esos sesgos, estar alertas para no caer en ellos y seguir los procesos y metodologías desarrollados para minimizarlos (desde las “estadísticas para ciencias sociales”, escepticismo básico y lógica básica como carga de la prueba a procedimientos propios del periodismo como el fact checking, la doble verificación, debates con otros periodistas no involucrados directamente en la noticia, verificación de fuentes, consultas a expertos del tema, etc.).

En el caso de no-noticias basadas en opiniones de Twitter (u otras redes sociales) se hace justamente lo contrario: se ignoran y se amplifican aún más los sesgos. Estaremos de acuerdo en que no es un ejercicio responsable y profesional del periodismo. Como muchas de esas opiniones surgen de noticias y opiniones en los propios medios sólo estamos colaborando  (¿las portadas de la Razón, eh, eh?) para el self licking icecream cone del periodismo de redes sociales.

Apunte rápido de “malaprensa” repetitiva: Andalucía es la que más…

Siempre que aparecen datos sociales de España que incentivan el morbo o sensacionalismo (abortos, accidentes, muertes, suicidios, etc.), no falta el titular “Andalucía es la que más…”. En este caso, con lo de los accidentes mortales: Andalucía, CCAA con más víctimas mortales de tráfico en 2013, con 194, es también la que más reduce respecto a 2012.

¿Cuándo aprenderán que Andalucía siempre estará entre los “más” simplemente por una cuestión estadística? (tiene casi 18.2% de la población española). Analicemos un poco esta noticia para ver que carece de sentido y que transmite lo contrario a la realidad.

En 2013 en España se produjeron 994 accidentes con 1.128 fallecidos, si aplicamos porcentajes simples (multiplicamos por 0.182), estadísticamente a Andalucía le correspondería 181 accidentes y 205 fallecidos. Los datos de Andalucía son que hubo 168 accidentes y 194 fallecidos. Es decir, el titular de la noticia debería haber sido lo contrario: “Andalucía tiene menos accidentes mortales y fallecidos que la media española” (22,8 muertes/millón de habitantes vs 24,2 por millón).

También en la noticia se afirma que es la que más reduce, 27 víctimas menos que el año pasado. Pero si hacemos cálculos similares proporcionales por población vemos que en España los fallecidos se redujeron en 171. Proporcionalmente tocaría 31 fallecidos menos, pero ha sido de 27.

El titular correcto debería haber sido:

Andalucía, CCAA con víctimas mortales de tráfico en 2013 por debajo de la media española, con 194, pero su reducción está también por debajo de la media.

No tiene absolutamente nada que ver con el titular original, pero como no alimenta tópicos quizás nunca habría sido publicada.

Esto pasa por hacer comparaciones incorrectas: no se pueden comparar en números absolutos poblaciones de tamaños diferentes. Es muy simple, a nadie se le ocurría comparar el número de fallecidos por accidente en todo Estados Unidos (más de 30.000 muertos en 2012) con los de España (1.300)  [*], pero se insiste en hacerlo con Andalucía. Cada vez que se publican estadísticas estatales.

Vía @malaprensa.

[*] Tienen más muertes por habitantes que España (108 vs 27.8 en 2012), pero seguramente -en el país del automóvil y los suburbios urbanos- muchos más kilómetros recorridos por persona o coche. Hay varias formas de presentar las estadísticas, la de muertes por habitantes es una más. Quizás no la mejor, pero es mucho mejor que comparar números absolutos.

PS: De nada amigos andaluces por defenderos de las desinformaciones derivadas de estereotipos tan nuestros, incluso de vuestra propia delegada de Gobierno, a la que le parece faltar -también- unas clases de estadísticas básicas ;)

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Periodismo cojonudo (y de bajo presupuesto)

septiembre 26, 2013 6 comentarios

No se trata de un gran medio, ni de un programa de prime time. Se trata de un podcast, Planet Money: the economy explained, de la radio pública norteamericana NPR (de muy bajo presupuesto, se mantiene con ayudas del gobierno y donaciones). Hoy escuché el podcast Where Dollar Bills Come From, fue una retransmisión de una emisión anterior, con una pequeña actualización de lo que pasó al final.

En el programa hacen un reportaje sobre cómo se fabrica el papel (mezcla de algodón y lino) de los billetes de dólar. Entrevistaron al propietario de la empresa familiar que lo produce desde hace 130 años después de ganar un concurso abierto ya que las ofertas que tenían era muy caras, según el gobierno. ¡Gran triunfo de la competencia! aseguran. Pero a los pocos minutos, después de detalles técnicos de fabricación, hacen la pregunta que toca: si la competencia es tan buena, ¿cómo es que tienen el monopolio desde hace 130 años?

Se lo preguntan al propietario, y explican que salieron otras empresas, que el mercado es muy competitivo y terminaron desapareciendo (el coste del papel del dólar es más bajo que el canadiense, por ejemplo). Entonces el dueño explica que en ese acuerdo con la administración, tienen full disclosure de todos sus papeles y transacciones, que el gobierno les audita y se asegura que el margen de ganancia que tienen es bajo, que es el procedimiento habitual cuando el estado compra a un proveedor único (leí hace un tiempo que no dejan superar el 3 o 4% de ganancias).

Entonces le hacen la otra pregunta adecuada al propietario: ¿qué margen le permiten? Éste contesta que es información reservada y no puede contestar. Por lo que hacen lo que deben hacer: escriben a la administración pidiendo los datos económicos del acuerdo. Le responden que no pueden darle esa información, que es reservada, y que pueden apelar si lo consideran.

El episodio original acaba en que iban a hacer esa apelación para conseguir los datos.

Para el podcast que escuché hoy (emitido ayer) agregan una actualización: un abogado becario de la NPR escribió una apelación de 13 páginas, explicando que para acuerdos similares ya se pidió y dieron esa información.  E incluyen la respuesta de la administración: “después de analizarlo cuidadosamente, lo siento, es información reservada”.

Al final no nos enteramos de ese “detalle” de toda la entrevista, pero cuando escuchaba el final del podcast alucinaba: hacen las preguntas “críticas” al entrevistado, éste asegura que no puede dar la información, elevan la pregunta a la administración, le responden que no, por lo que presentan un escrito de apelación. Todo esto para un humilde (pero muy bueno) podcast de 14 minutos.

En resumen, una lección de periodismo que gusta: hacer las preguntas incómodas aunque sean colaterales al tema principal, no conformarse con la respuesta del entrevistado y solicitarlo dos veces a la administración. No recuerdo la última vez que vi algo así, menos para un programa -¡un podcast!- de tan bajo presupuesto, y que encima no lo hacen periodistas.

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Una crítica a Memecracia

septiembre 18, 2013 4 comentarios

Antes de ayer me enteré que salía el libro Memecracia de Delia Rodriguez. Inmediatamente fui a Amazon.com e hice la compra anticipada de la versión Kindle. Ayer a las 9 de la mañana Amazon ya me había copiado el libro a mi dispositivo, lo devoré entre la tarde y la madrugada. Es un libro delicioso de leer, con mucha información, muchas frases que me daban de aplaudir en la soledad de la sala, y otras que me han decepcionado bastante. Ningún libro es perfecto, y por eso mismo recomiendo este libro (le puse 4 estrellas).

Aunque sólo hablé con ella en persona muy pocas veces, conozco a Delia desde hace tiempo. Me parece una persona muy inteligente, observadora, curiosa, conocedora de las “culturas” dominantes en Internet, y con el punto cínico imprescindible para analizarla y criticarla con humor y acidez. Además es periodista, y con muchísima experiencia (a pesar de su juventud) en medios digitales, por lo que cumple una condición básica que debe tener un buen libro: relatar y teorizar basado en la experiencia propia, salpicado de historias reales.

Por todo lo anterior, mis sesgos personales  para opinar sobre el libro son difíciles de evitar, así que quizás deberíais tomar con un grano de sal mis halagos, y reconocerme el valor de hacer las críticas ;).

En primer lugar, recomiendo leer este libro, y si además estás interesado (¡deberías!) en cómo se informa, manipula y crean “memes”, eslóganes y tendencias culturales en Internet (y medios digitales), es un libro imprescindible.

Lo mejor del libro: la crítica ácida y dura que hace a su propia profesión, estoy seguro que hará que los periodistas -especialmente de medios digitales, inclusive los de su propio medio- se revuelvan en las sillas, y lo lectores a aprender a ser más escépticos hasta de sus propias mentiras. Cuenta cómo los medios se han adaptado a la forma de divulgar información, bulos y memes para conseguir más visitas, y cómo esto -sumado a la crisis económica y del periodismo- hizo que se olvidasen los principios éticos y deontológicos básicos. Tiene algunas frases que son para encuadrar. Para no hacer demasiado spoiler, y no alimentar demasiado mis propios sesgos (muy críticos con el estado del periodismo actual), me limitaré a citar a tres:

[...] Soy periodista y por tanto intento informar a los demás. No hay más mística en ello (o al menos no más de la que existe tras un peluquero que trata de dejar guapos a sus clientes o un médico que busca curar a las personas), pero ocurre que en nuestro oficio estamos haciendo justo lo contrario. Nos hemos convertido en una industria contaminante que lanza vertidos a la sociedad. No somos mejores que una tabaquera o una cadena de comida basura [...] intentamos hacer creer a nuestras víctimas que todo es por su bien.

[...] Y si ese ciudadano es un periodista que debe elegir al momento y en caliente sobre qué informar? La respuesta es evidente y el resultado, que todos estamos fallando. Los medios de comunicación se están transformando en medios de emoción. No somos ciudadanos informados, somos groupies de la información que nos excita; con la que nos alteramos y automedicamos.

[...] Redacciones diminutas servían para mantener el nuevo periodismo de bandera, en el que uno se envuelve porque le gusta cómo se se ve vestido con él [sic]  [...] Las costumbres de la prensa deportiva o del corazón (partidista, sesgada, atractiva, irracional, opinativa, divertida, grupal) se aplicaron con éxito a la política y la sociedad.

Aunque Delia critica a sus pares y su industria, no le dedica demasiadas líneas, de hecho estas críticas están entremezcladas -a menudos aparecen de sorpresa- en una relato y descripción de los bulos y manipulaciones más recientes en Internet, desde el vídeo promocional-viral de una ONG, a los mitos y bulos generados durante el 15M. Aunque no es muy extensa -por razones obvias de espacio-, la selección es adecuada, y el relato de su historia y cuál es la verdad sobre estos hechos es también muy informativa, y relatada de forma agradable.

También hay mucha información sobre las recientes investigaciones de científicos muy reconocidos, como Daniel Kahneman (especialmente de su libro Thinking, Fast and Slow -al que en mi opinión faltan varias referencias en el libro-) y Duncan Watts (especialmente de su libro Everything Is Obvious: How Common Sense Fails Us). En esto también es  bueno el libr, hace un resumen sencillo y digerible de los resultados de estas investigaciones que están cambiando el panorama de la sociología y psicología humana.

Pero aquí comienzan los problemas del libro.

A la par de estos investigadores serios y rigurosos coloca, en un totum revolutum, a otros que rozan la la pseudociencia y autoayuda de libro de aeropuerto (to say the least). Cita bastante, sin la crítica y escepticismo adecuado, a The Tipping Point de Malcolm Gladwell, un libro que tuvo mucho éxito, pero cuyas teorías están puestas en duda (incluso desmentidas por trabajos del propio Duncan Watts) y las que se les critica por ser un agrupamiento superficial y frívolo de ideas y teorías serias para crear un producto de puro marketing, justamente las condiciones de las pseudociencias (estas críticas han sido aún más duras con su libro Blink, leí ambos, el primero es mejor y al menos propone conceptos novedosos y convence fácil a aquellos que leen y contrastan poco, Blink es directamente pseudociencia para autoayuda).

Insiste también, y es una parte sustantiva de las hipótesis del libro, en la teoría de la pirámide de Maslow. Aunque no aparecía como tal en su trabajo “Una teoría para la motivación humana”, se convirtió en un “meme” de Internet. Tampoco fue popularizado por internet, ya en la década de 1950 se empezó a popularizar en las escuelas de negocios, como una forma más “humana” de gestión de empresas y sus empleados. Era una bonita idea, humanista, que rompía con los moldes de la psicología conductista (y abrió el camino para la positivista), pero es una teoría que jamás ha podido tener evidencias que la soporten. De hecho, investigaciones a partir de 1970 ya desmienten que exista ese tipo de categorías definidas -ejemplificada por la pregunta “extrema” ¿qué hay del poeta hambriento?-.

Pero sin duda, lo que menos me ha gustado del libro -aunque es de esperar, el título lo dice- es la generalización al extremo de las ideas de la memética. Ésta está acusada de ser una pseudociencia, de no tener evidencias suficientes, de no aportar nada nuevo, de no predecir nada, y de ser sólo una forma moderna y vendible de llamar a las ideas para así poder usar la terminología y principios de la genética (que por otro lado, es cualidad típica de las pseudociencias).

El uso de la palabra “meme” no me provoca escozor en principio, todos más o menos estaremos de acuerdo en qué es un meme, por ejemplo el “Ola k ase” (explicado en el libro), que sin ser un eslógan (no intenta vender ni convencer de nada) es una frase corta que se popularizó de forma viral y que pasó a ser parte de la cultura de internet. Pero elaborar toda una teoría científica a partir de ello, e intentar explicar la cultura a partir de “frases indivisibles” hay todo un trecho. En el mejor de los casos, le memética todavía no pasa de ser una hipótesis, muy atractiva y vendible, pero que no tiene ni las bases para ser considerada una teoría seria.

Aún peor es cuando se intenta usar las ideas de la memética para explicar hasta cómo se forman las ideas, sesgos y otras taras humanas. Es una gran simplificación, enorme, a la que tampoco veo utilidad. Aunque existan y se pueda elaborar una teoría consistente de memes, no tiene sentido usar esa “unidad básica” para explicar todos los fenómenos que ocurren en capas muchas más complejas. Para hacer un símil informático (nótese la distancia en complejidad con el cerebro, la psicología o neurociencia), es como pretender responder a la pregunta si P es igual a NP con “se trata sólo de seleccionar el orden de los bits o bytes”. O que pretendamos resolver el problema de los bugs en ingeniería informática mediante mecanismos para seleccionar y reordenar los bits de los programas. El problema debe ser atacado en el nivel de complejidad y abstracción adecuado -que involucra desde lenguajes formales de programación de alto nivel  hasta a la psicología humana-, y no simplemente como un problema de organización de sus partes fundamentales.

Pero de eso va el libro, entre las historias e información valiosa que nos relata -deliciosamente-, nos intenta vender la idea de que todo es tratable y solucionable a partir de la manipulación de nuestras “unidades básicas de comunicación”. El ejemplo más notable es al final del libro, cuando da las “recetas” para interpretar mejor a la información^Wmemes [*] que nos llegan. Ese compendio final es una mezcla de buenas y conocidas reglas de escepticismo, junto con reglas típicas de autoayuda. Por ejemplo de habla de seleccionar sólo los buenos memes y descartar los malos, otros autores más kumbayá hablarían de energías positivas y negativas.

[*] El ^W es otro “meme” muy informático, significa “borrar palabra”, por la tradicional combinación de teclas Ctrl+W de las consolas y editores de texto antes de la aparición de las interfaces gráficas ;)

También me llamó la atención esa especie de disociación entre las ideas y ética de Delia con las historias personales de la Delia profesional que relata, casi como si se tratasen de personas diferentes, con valores morales distantes. Por ejemplo, para compensar un pecado frívolo (así lo describe ella), hizo un artículo que recibió más de un millón de visitas: 15 imágenes que deberían hacernos pensar en la ropa que llevamos (FOTOS).

Ella misma explica que empaquetó cuidadosamente las imágenes para lograr la máxima difusión, recurrió sin pudor a las emociones y a la “ingeniería de memes” que tanto critica para lograr calmar su sentimiento de culpa, y de paso lograr millones de visitas (o viceversa, no lo tengo claro). Sin duda aplicó las normas y practicó casi el mismo periodismo que critica en las frases que cité arriba. Tampoco puedo dejar de lado, y ella misma lo cuenta, que el medio en el que es redactora jefa practica extensivamente todas las técnicas de manipulación e “ingeniería de memes” para lograr aumentar las páginas vistas (y es reconocido mundialmente, junto a BuzzFeed, un sitio aún más extremo en estas prácticas).

Es una situación rara, la Delia pensadora critica las prácticas de la Delia redactora, y conviven tan tranquilas. Aunque hay que reconocer la valentía de la conocida Delia redactora en dejar salir del armario a esa Delia de ácida crítica. Como mínimo, es refrescante, simpático y entrañable (si lo miras con empatía).

En resumen:

Un libro que recomiendo, es una pena que os perdáis la información e historias que relata, pero que al mismo tiempo hay que leer con mucho escepticismo. El mismo que Delia propone en la mayor parte del libro, y al que no hizo caso en muchas otras partes -hasta en la idea central del libro-. Pero así es la condición humana, Delia es lista y adorable, no me costó nada perdonarle. Personalmente, y lo que me divirtió, es que lo leí como si todo lo de memes fuese sólo una excusa pomposa para relatar, aclarar y criticar historias y bulos de internet y los medios digitales (muy en línea con otro libro que me encantó, y me hizo cabrear al mismo tiempo:  Trust Me, I’m Lying: Confessions of a Media Manipulator).

Accidentes de transportes: evitar que se repitan, no buscar el linchamiento ipso facto

julio 29, 2013 10 comentarios

Hace 23 días ocurrió el accidente del vuelo de Asiana en el aeropuerto de San Francisco, las primeras investigaciones demuestran que hubo fallo del piloto en su aproximación visual. También se sabe que ese día el sistema ILS (Instrumental Landing System) de esa pista no funcionaba en ese momento por mantenimiento programado y anunciado. Este instrumento es de gran ayuda a los aterrizajes ya que indica (y dispara alarmas) si el avión se encuentra fuera de la dirección y pendiente adecuada (glide slope) para el aterrizaje, incluso sirven para que el avión aterrice automáticamente sin intervención manual. Sin embargo, los pilotos están capacitados para aterrizar sólo en aproximación visual (i.e. sin ayuda de este instrumental) cuando se dan las condiciones climáticas adecuadas (como era el caso).

La prensa norteamericana e internacional fue muy prudente, no se dedicó a buscar un único culpable a quién linchar públicamente como está pasando en España por el accidente del Alvia de Santiago. Podrían haber acusado al piloto, o podrían haber acusado a la administración y al aeropuerto de ser los culpables por no tener en funcionamiento un sistema tan básico (y antiguo, su primer uso data de 1938) como el ILS. Sólo imaginad qué hubiese pasado si el accidente de Asiana hubiese ocurrido en España. O peor, que hubiese ocurrido en algún pequeño aeropuerto español sin ILS (ahora mismo estoy en Santiago del Estero, Argentina, llegué en avión, su aeropuerto no tiene sistema ILS, nunca me preocupó, los pilotos están formados para aterrizar aquí sin su ayuda).

Algo similar pasó con el accidente de Spanair en Barajas. Hubo acusaciones de todo tipo, se culpó al piloto, a la empresa, a AENA, y finalmente al técnico. Pero la realidad es que fueron una desafortunada y larga cadena de errores en un sistema muy complejo: de problemas de diseño del MD, de un error de un relé, de un técnico que deshabilita alarmas básicas, y pilotos que no repasan toda la checklist antes del despegue por interrrupciones de comunicación, por lo que intentaron despegar sin los flaps desplegados sin alarma que les avisara.

La aviación, como el ferrocarril, es un sistema de transporte muy seguro y a la vez muy complejo (sociales y de ingeniería). Cuando ocurre un accidente nunca hay un único culpable, ni siquiera cuando parece obvio. A veces, como parece ser el caso de Asiana, el culpable parece obvio, el piloto, pero suelen encontrarse otros motivos que ayudaron a que se produzca: fallos en la formación, en el entrenamiento, en un disciplina demasiado estricta, problemas psicológicos, sobre carga de trabajo, problemas de comunicación, etc.

Con el incremento de la automatización de los sistemas se están conociendo otros factores humanos, por ejemplo, la excesiva dependencia en los sistemas electrónicos, al punto de que los pilotos o conductores pierden hasta las habilidades básicas de poder volar un avión que está en perfecto estado para hacerlo. Esto lo saben bien los fabricantes de aviones, especialmente Airbus, y una de las posibles causas en el vuelo Air France 447 que se estrelló en el Atlántico. Con el transporte ferroviario está ocurriendo algo similar, existen problemas de factores humanos de adaptación al pasar de un sistema altamente automatizado a uno que exija mayor concentración del conductor. Por ello se cambian las normas para exigir una mayor participación manual de los conductores:

But not all system failures—or solutions—are technological. “The problem is that you are setting up people to fail,” says railroad systems engineer Felix Schmid, of the University of Birmingham, in the England. “You have a very-high protected railway connected virtually straight into a less-protected railway.” The shift is similar to a car driver exiting smooth traffic on a highway for the less predictable gridlock of a city center.  “It’s the change from low demand to high demand which is sometimes quite difficult to manage,” he adds.

New York City’s Metropolitan Transit Authority learned to cut open-door accidents (in which doors open mistakenly when trains are not safely parked at a platform) by adopting a Japanese human-factor innovation: requiring drivers to signal by hand when they reached the appropriate platform marker for opening the doors.

Las autoridades de seguridad en el transporte (como la famosa FAA de EEUU) no están interesadas en encontrar un culpable penal, sino en identificar la cadena de errores que llevaron al accidente, para modificar o implantar procedimientos que eviten que se vuelva a producir. Por eso tenemos estos transportes tan seguros, como explica Taleb en su último libro, es un sistema claramente “anti frágil”: los errores del sistema se usan para evitar que se vuelvan a producir, por lo que cada error aumenta la seguridad del sistema, a pesar de ser un sistema muy complejo (y por lo tanto con tendencia a “escaparse” de nuestro control).

En el caso del accidente del Alvia, el propio maquinista reconoció su error, un despiste, no se dio cuenta que estaba en ese tramo del trayecto. Pero seguramente no fue el único responsable, o mejor dicho, no es el único error de la cadena. Con toda seguridad se sumaron otros fallos, quizás fallos de alarma, o de necesidad de más balizas y avisos, y hasta quizás factores humanos: entrenamiento, cansancio, estrés… o la excesiva confianza en los sistemas automáticos. Se pueden especular de muchos factores, pero no se sabrá con certeza hasta después de una investigación compleja cuyo principal objetivo será evitar que vuelva a ocurrir. Apuesto a que no habrá una respuesta simple (salvo los que se lo cojan con papel de fumar), pero que servirá para mejorar la seguridad ferroviaria en todo el mundo.

Mientras tanto, los lectores y no iniciados somos testigos de una parte de la prensa linchando al maquinista basados en un comentario en Facebook donde se muestra orgulloso de su trabajo, y otra parte de la prensa que por llevar la contra levanta el dedo acusador contra Renfe y Adif basados en opiniones de presuntos ingenieros expertos que se esconden en el anonimato… vaya deontología y responsabilidad profesional.

La culpa tampoco es de los medios, la redes sociales se llenaron de expertos en seguridad e ingeniería ferroviaria con opiniones tan categóricas como ignorantes de llegar a comparar el sistema de seguridad de un tren de cientos de toneladas circulando sobre una vias metálicas con el sistema de aparcamiento automático de un coche. Como dijo @apuente, es “no caber un tonto más”.

Toda la experiencia y reconocida complejidad de la seguridad del transporte aéreo, y con todas las barbaridades que se dicen en cada uno de ellos, y que los humanos somos falibles al igual que nuestra ingeniería, ¿no sirvieron para aprender nada sobre la cautela a la hora de opinar, encontrar culpables inmediatos o elaborar teorías de la conspiración? ¿Creen que así disminuirán el dolor de las víctimas? ¿O que los organismos de seguridad internacionales tomarán en cuenta esas teorías de desinformados para evitar que se vuelva a producir? ¿O es sólo para obtener páginas vistas? ¿O son campañas políticas -a favor o en contra- interesadas?

Sea como fuese, es desolador. Es leer un artículo sobre el tema en la prensa y saber que no puede confiar en casi nada de lo que te cuentan.

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No es “censura”, es la fragilidad del negocio periodístico

El Mundo de Baleares sacó varios artículos sobre la crisis de Orizonia y la participación de Globalia, por lo que Globalia tomó la decisión de dejar de anunciarse en ese medio. El artículo de Agustín Pery está muy bien, reconociendo el derecho a Globalia a decidir dónde poner su dinero, y que no es comparable con lo que hace un político con dinero público. Pero también relata:

Nada más conocer la decisión de la compañía, algunos compañeros de redacción se apresuraron a calificar la actuación de Globalia de censura y no pocos me recordaron los infaustos tiempos de Maria Antònia Munar en el Consell de Mallorca.

Aunque a estas alturas ya no debería hacerlo, este victimismo y falta de análisis crítico del colectivo de periodistas no deja de sorprenderme. No entiendo cómo algunos pueden pretender que una empresa privada no sea capaz de decidir como mejor le venga en gana si poner dinero de publicidad en uno u otro periódico [privado].

Sí, es perjudicial para el periódico, y el periodismo en general, que las grandes empresas eliminen la publicidad por las críticas, haciendo aún más difícil el periodismo independiente, y la supervivencia del medio. Pero no es problema de los anunciantes, es problema de la propia fragilidad del negocio propiciado por las propias empresas periodísticas.

Desde hace varias décadas el negocio de los medios, sobre todo periódicos, pasó de estar sostenido en gran parte por numerosos lectores, a que una parte cada vez mayor de esos ingresos sean de grandes anunciantes: la administración -dirigida por los políticos de turno-, y las grandes empresas. Nadie está libre de estas culpas: los anunciantes que no quieren críticas, y los medios que ofrecían el “no disparar contra el anunciante” y vender así a mejor precio sus anuncios.

Con la aparición de los medios on-line, el problema sólo se agravó, se borró de un plumazo el ingreso de los lectores, el precio de la publicidad web es muy baja, y conseguir “grandes anunciantes” es una cuestión prioritaria. Por supuesto, hay muchos menos grandes anunciantes que lectores, por lo que la supervivencia de los medios se basan casi exclusivamente en conseguir que un banco, telefónica, eléctrica o aseguradora pague precios premium.

Independientemente de la honestidad del anunciante, que puede o no exigir contraprestaciones de “no dispararles”, esa dependencia crea ya un hábito de autocensura difícil de evitar, y, sobre todo, una fragilidad enorme a la empresa: su supervivencia no depende de las decisiones independientes y distribuidas de miles de lectores y anunciantes, sino de unas pocas: los directivos de unas pocas empresas.

La fragilidad es la única responsable de este problema, no la censura. Esa fragilidad fue incrementándose con los años, aunque la época dulce de subvenciones del estado (por vías directas -publicidad institucional-,  o indirectas -anuncios de grandes empresas con negocios con el estado-) ayudó a ocultarla, convenientemente. Como la anécdota del pavo, que creía que su buena vida de engordar sería eterna, ya que tenían un cuidador que parecía feliz dándoles de comer… hasta que llegó el día de acción de gracias. Al pavo, como al periodismo, le apareció el “cisne negro” que creían tan poco probable, y no estaban preparados.

La solución para evitar que los “cisnes negros”  te hagan desaparecer es estar preparados, aumentando la robustez para aguantar el golpe. O mejor aún, aumentar la antifragilidad para poder obtener beneficios de esos eventos inesperados. Pero ha ocurrido lo contrario, en muchos aspectos, desde el sistema bancario, pasando por la burbuja inmobiliaria, hasta la situación de los medios.

Al hablar de “censura” no sólo se está tomando una postura victimista (¡no nos pueden hacer eso a nosotros!), también se están reclamando medidas intervencionistas (¡alguien debería hacer algo!), como subvenciones del estado, cobrar a Google, o leyes de copyright más restrictivas para los ciudadanos. Pero eso sólo aumentaría la fragilidad, y los llantos volverían en pocos años.

Si se pretende reducir esa fragilidad, hay que convencer a los lectores de la importancia de un buen periodismo, y que tengan ganas de pagar por ello. Es muy difícil, pero seguro que no se conseguirá con periodismo de baja calidad, con hacerse las víctimas de una injusticia del sistema, ni reclamando que el público -u otras empresas- tienen la obligación de mantenerlos, sólo porque son importantes para la democracia.

PS: Si te llamó la atención el uso de las palabras fragilidad, robustez y  anti fragilidad, te recomiendo este libro.

Y yo no quiero este tipo de “periodismo” en la radio pública

enero 21, 2013 6 comentarios

El colectivo “twittero” @SalvemosRNE, presuntamente formado por trabajadores de RNE, se dedica a denunciar presuntas manipulaciones desde su cuenta anónima de Twitter. Hoy publicaron una carta anónima De trabajadores a ciudadanos (también en periodismo para periodistas, por si hacen falta contradicciones). En ella hacen acusaciones graves a la dirección de RNE, critican la falta de profesionalidad, debate, críticas, y hasta aseguran saber que están siendo el hazmerreír.

Vale, bien, pero el problema es el mismo que ellos reconocen:

Como periodistas que defendemos la transparencia lamentamos tener que empezar de forma anónima, pero eso cambiará.

La enorme contradicción de esa frase resume muy bien el porqué son el hazmerreír.

Unos señores que se presentan como periodistas solicitan ayuda a los ciudadanos para defender a su empresa (pública), pero no se atreven a firmar ni decir quiénes son. Unos periodistas que dicen saber cómo hacer una radio crítica y profesional hacen acusaciones graves contra directivos de su empresa (pública), pero sin citar ningún nombre, ni de acusados ni de los críticos. Periodistas que reclaman transparencia y valentía, que no son capaces de decir quiénes son, ni siquiera cuántos.

¿De verdad saben qué es periodismo? ¿Creen que existe el periodismo crítico sin ningún riesgo y sólo de palmaditas en la espalda? ¿O es la moda de la rebeldía anónima para no tener problemas en su trabajo ni arriesgar su nómina?

Es muy habitual tener problemas con su empleador, yo mismo lo he tenido. Hice críticas a mi universidad cuando era mi única fuente de ingresos y tenía que mantener a una familia con esos únicos ingresos (y sin otros familiares que me sirviesen de colchón familiar). Me acarrearon muchos problemas y pedidos de “despido” y “expediente”, incluso por parte de altas autoridades. Lo pasé muy mal, pero si critiqué es porque creía que era lo que tocaba, y nunca lo hice de forma anónima, a pesar de que no estudié (ni pretendo hacer) “periodismo crítico”, ni mucho menos ser el héroe de la disidencia.

Pero ahora tengo que ver, una vez más, señores que dicen apostar por la transparencia y profesionalidad del periodismo en su medio, que piden ayuda para lograrlo, publicando acusaciones graves desde la comodidad del anonimato. Muy profesional. Siendo así, no quiero este tipo de “periodistas” en una radio pública, ni quiero un medio público gestionada por este tipo de periodistas que en vez de decir las cosas claras y de frente -tienen los medios-, se dedican a la agitación anónima.

Si quieren provocar los cambios tan necesarios, deberían empezar por cambiar ellos y dar ejemplo de coherencia de lo que demandan, desde el minuto cero (y no lanzar globos sondas antes, para ver qué pasa).

PS: Lo más triste es que lo que dicen defender a un periodismo de calidad en la radio pública -periodistas incluidos- no sólo no critican estas contradicciones tan poco profesionales, la festejan. Es de locos.

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