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Archive for the ‘ética’ Category

De coches compartidos y regulaciones

junio 10, 2014 8 comentarios

Anoche Fomento publica una nota de prensa que era sólo un “recordatorio” de una ley que no se modifica desde hace 16 años:

Fomento recuerda que es necesaria autorización para el transporte de viajeros en turismos por cuenta ajena mediante retribución económica

Europa Press distribuye un teletipo que sale publicado en muchos medios con el titular:

Fomento avisa de multas de hasta 600 euros a usuarios de coches compartidos que operen sin licencia

Y aquí comenzó el “arde twitter”, con gente (entre ellos periodistas) enfadada y hasta escandalizada de que el gobierno regule la “economía de la compartición”, que querían matar a BlablaCar, etc. Varios avisaron, entre ellos yo (y Javier de la Cueva, Antonio Delgado y otros que seguro me olvido, disculpas), de que la nota de prensa no decía eso, que el teletipo era una interpretación bastante liberal y sensacionalista de lo que decía la nota de prensa original (estaría bien saber de dónde vino esa interpretación, si fue error de EP o provocado por Fomento).

Al final hoy se resolvió, teníamos razón.

Mas allá de otra vez la falta de rigurosidad (empezando por el que redactó el teletipo de EP) y los sesgos “anti gobierno” que impedía a varios periodistas que se diesen cuenta que lo que decía el ministerio no tenía relación con lo que decía el teletipo, hay otra cuestión más interesante (y perdón por la autocita, pero está escrito desde hace horas):

Es un patrón muy curioso cómo los declarados muy “progresistas de izquierdas”, que reclaman la lucha contra el capitalismo salvaje y más regulaciones del estado, cuando se trata de actividades económicas surgidas gracias a internet cambian a un discurso completamente anarco-capitalista/liberal: el estado no debe intervenir ni regular, son actividades que deben permanecer al margen, que se trata de una nueva economía, la de compartición, etc. El siguiente tuit me parece una buena explicación a cómo respondemos de una forma bastante egoísta a estos “dilemas”:

Seguramente hay matices y se podrían escribir libros, pero cualquier actividad comercial se trata de “compartir”: yo sé o tengo algo y te lo doy a ti a cambio de otra cosa o servicio. El dinero sólo es una forma de facilitar la transacción, pero siempre se trata de un intercambio. Hasta que se profesionaliza y se crean empresas (públicas o privadas) que pueden fabricar o servir de forma más eficiente. Debería servirnos para dar un poco de perspectiva, y aunque sería apresurado equiparar a servicios públicos más regulados, que obligaría a tantos costes y burocracia adicional que no haría atractivo el “car sharing”. Pero el punto que me interesa, los mismos que hoy reclaman que Fomento no regule esta actividad ¿que pasaría cuando ocurriese un accidente grave que mate a varios miembros de una familia? ¿qué pasaría si se descubre que el propietario del coche tenía pocas horas de sueño? ¿o si estaba drogado? ¿o tenía el carné casi sin puntos? ¿o su coche no estaba en condiciones?

Estoy seguro de que cuando ocurra muchos de los que hoy defienden la no intervención del estado adoptarán la postura contraria: que es culpa del estado que no tomó las medidas necesarias para que no ocurran este tipo de accidentes (aunque es imposible asegurar que no se producirá, sólo minimizar los riesgos de que ocurra). Que los pasajeros no tenían forma de saber las condiciones del conductor o del coche, y que por eso no se lo podía tratar de la misma forma que el transporte privado (tal como está ahora), sino que necesitaba de regulaciones adicionales ya que transporta a personas completamente desconocidas.

Así posiblemente se discutiría de medidas más estrictas que el privado pero menos que el público, por ejemplo: exponer en la web y en el coche los datos del carné (fechas de caducidad, puntos), tener la revisión pasada en el último año (en vez de dos), que el coche tenga menos de x años, que el conductor tenga un tipo de seguro que cubra a los viajeros, que tenga una revisión médica, etc.

Si el “car sharing” tiene el éxito que pronostican (yo no me atrevería a tanto futurismo), por la ley de grandes números seguro que ocurrirán accidentes graves. Un anarco-liberal diría que es sólo responsabilidad de las personas que estaban en el coche, pero la mayoría de españoles reclamarán responsabilidades al gobierno. (¿o quedan dudas? Espero que no haga falta citar casos de accidentes de repercusión social y las reacciones).

Es incoherente hoy reclamar la no intervención para luego llevarnos las manos a la cabeza y reclamar responsabilidades al gobierno cuando ocurran accidentes o delitos. Con estas actitudes tampoco colaboramos en que se mantenga un debate sobre qué es mejor hacer.

Aunque puedo estar equivocado, sólo el tiempo podrá darme o quitarme la razón, pero al menos digo que estoy lleno de dudas sobre el tema. Es más, sí creo que hacen falta algunas regulaciones adicionales para evitar disgustos mayores (y no dejar que sólo dependa de la voluntad y competencia entre plataformas de compartir coches).

También debo decir que los cuatro que gritamos por las redes no representamos a la sociedad. Afortunadamente.

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El canon AEDE, y contradicciones vitales de los medios

mayo 4, 2014 10 comentarios

Veo este tuit:

que enlaza a El falso norcoreano lo vuelve a hacer. Esto no pasaría de una simple anécdota de los no-noticias y “arde Twitter” que se publican diariamente, si no fuese por:

¿Cuáles son esas contradicciones? Muchas, pero resumidas en seis:

Leer más…

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La pose, o ignorancia, de usar “open source” en castellano

diciembre 26, 2013 21 comentarios

facepalmAyer comenté por Twitter (y 2, 3, 4, 5, 6, 7) una tontería que leo muy frecuentemente, incluso en artículos de supuestos expertos en el tema: usar el término open source en vez del más sencillo y claro “software libre”. A raíz de mis tuits pude ver la profunda ignorancia que todavía hay sobe las licencias y hasta de la historia básica del tema.

El término software libre nace con el proyecto GNU, entre los años 1983 y 1984, y se definía así al software que cumple con unas condiciones muy claras: libertad para ejecutarlo como quieras, libertad para estudiarlo y modificarlo, libertad para distribuir copias, y libertad para distribuir copias modificadas.

El término “open source” no surge hasta el 3 de febrero de 1998, cuando unas cuantas personas se reúnen en Palo Alto para buscar un término “más adecuado”. Había varias razones:

  • En inglés “free” significa libre y gratis, por lo que siempre había que estar aclarando free as in free speech, not free as in free beer (en castellano se traduciría como “libre como libertad de expresión, no libre como barra libre”).
  • Buscaban un término más amigable para las empresas y el negocio que se avecinaba.
  • Cuestiones ideológicas y manías personales contra la Free Software Foundation y Richard Stallman. Fundamentalmente no compartían la visión y postura ética de RMS, estaban más interesados en minimizar, y mejor desaparecer, su discurso.

Una de las personas que más divulgó y ayudó a establecer el término open source fue Tim O’Reilly, que en abril de 1998 cambió el nombre de la conferencia Freeware summit” a “Open Source Summit. Fue el mismo O’Reilly, en el interés de sus negocios, que se aprovechó de la popularidad del término para empezar a llamar y divulgar con la apostilla “open” a todo lo que se meneaba (así tenemos hasta “open government”). No le ha ido nada mal, se posicionó como el líder espiritual-ideológico-negocios de todo lo relacionado con la palabra.

Como resultado de esa reunión de 1998 se Bruce Perens y Eric Raymond fundaron la Open Software Initiative, que definió las condiciones para que un programa de ordenador sea open source: The Open Source Definition. Estas condiciones fueron inspiradas -casi copiadas literalmente, no en vano Bruce Perens fue uno de sus autores- de las condiciones que debían cumplir los programas para ser considerados libres (Debian Free Software Guidelines) y por lo tanto aptos para ser incluidos en su distribución.

Es decir, dejando de lado las diferencias sobre todo ideológicas y lingüísticas, las licencias de software que cumplen con las condiciones de open source o Debian Free Software son licencias de software libre. Aunque en castellano nunca tuvimos problemas con comprender qué significa “libre” en el contexto de software, y que es totalmente compatible con las definiciones de la FSF, OSI o Debian, se empezó a usar mucho el anglicismo open source. En gran parte se debe al éxito del discurso de Tim O’Reilly (que fue muy criticado por Eben Moglen) y sus wannabe en nuestro país.

Nos encanta la levedad y el discurso fácil, aún así es incomprensible que se reemplace un término que todo el mundo entiende por un anglicismo que sólo ha creado confusión. Mucha gente que me contestó o preguntó en Twitter pensaban cosas muy distintas: que libre era sólo para software gratis (¡¿?!), otros que open source también eran los programas donde se puede ver el código, otros que “software libre” eran solo aquellos que tenían la cláusula copyleft, etc. Es decir, ni siquiera el uso y abuso del open source ha servidor para aclarar el tema, sólo agregó -y sigue- más confusión. Lo cuál no es nada novedoso entre nuestros charlatanes del discurso blandengue y de lecturas en diagonal, pasó exactamente lo mismo con el término copyleft.

Algunos, para intentar arreglar la gilipollez el desaguisado de estar usando un anglicismo en vez del más claro y popular “software libre” intentaron arreglarlo, empezado a llamar “código abierto”. Lo que aumentó aún más la confusión, ¿qué carallo significa el “abierto” en software? Como tampoco aclaraba demasiado, cuando se discutió la definición de software libre en la legislación española se usó “código de fuentes abiertas”, o:

¡Está clarísimo! :roll:

Es decir, algunos empezaron a usar open source como un forma de ser más genérica que software libre, que se incluya también a esos programas que te dejan ver el código (y nada más), lo que es erróneo de acuerdo a la definición original y oficial de open source (¡ei! que no es tan antiguo, todavía no tiene ni 16 años). Otros porque pensaban que era mejor alejarse de los postulados éticos de la Free Software Foundation. Otros porque sonaba más cool y dospuntocero que software libre, ¡si hasta O’Reilly lo usaba en sus conferencias y series de libros! Y otros sencillamente por la costumbre, sin tener muy claro qué significa.

Sea como fuese, no hacía falta y sólo agrega confusión. Así que empezad a llamar a las cosas por su nombre, si habláis de software libre no le llaméis open source, que luego ni los que a autodefinen como gurús entienden muy bien de qué están hablando:

Cuánto mal nos ha hecho el buenrollismo dospuntocerista y sus charlatanes de saraos.

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Cuando el machismo es buenrollista

octubre 5, 2013 8 comentarios

Hace pocas horas, en los comentarios de una pequeña nota en Facebook sobre las magufadas de Punset  me lié en una discusión por lo que consideraba un exceso de sensibilidad y la sobrereacción a frases que mencionen cualquier diferencia entre mujeres y hombres. Pido perdón a Patri Horrillo  (otra vez) por exagerar y forzar la lógica por intentar demostrar mi punto: si a una mujer anti machista le molesta una frase como “a vosotras x”, a un hombre anti machista (los hay, y creo que somos mayoría) nos es mucho más ofensivo que siquiera sugieran que somos machistas. Parece que no se entiende que el repudio al machismo existe en ambos sexos, no sólo entre las mujeres, y que es más ofensivo una acusación ad-hominem que una frase impersonal.

(Por otro lado hay estudios, creo que lo comenta Daniel Kahneman en su libro Think Fast, This Slow, que la imagen como la de Einstein -señor maduro, canoso, cara de bueno, pelo desarreglado- es muy seductor para mujeres, y que por el efecto priming hace que sus opiniones tengan mayor credibilidad. También es una realidad que la audiencia de Punset es mayoritariamente considerablemente femenina [no tengo números objetivos y medidos, por lo que no podría defender lo de "mayoritariamente])

Poco tiempo después ve el siguiente tuit:

alaya

No entendí muy bien qué me quería decir (aunque lo aclaré luego), si era una crítica a mí, o al artículo de Almudena Grandes. Lo leí, y como dije en una respuesta, es vomitivo, por frívolo, falaz y porque repite todos los estereotipos machistas. Quedé alucinado.

Ojo, no la escribió una becaria, o una articulista de revista de modas, sino una “intelectual” reconocida. Según esta intelectual multipremiada, una mujer no puede ser una buena profesional si va siempre bien vestida y con una sonrisa (aunque las imágenes parecen contradecirla, no es para tanto), por ser mujer debe ir con cara somnolienta y mal maquillada y peinada. Para rematar, sólo por su estética [femenina] ya se puede deducir  que es una mala profesional (al punto de servir de argumento para acusarla de prevaricación).

Imaginad que ese artículo lo firme un hombre (o como me dijeron en un tuit, Perez Reverte), o Sostres,  o alguien de Intereconomía, o la mujer de Wert. O imaginad que la profesional protagonista fuese una mujer del PSOE. Se hubiese montado un escándalo.  Si alguien busca machismo hasta debajo de las piedras, éste le está dando hostias en toda la cara. No sé si es que se permite todo cuando la autora va de buenrollista, o que se bajan mucho las defensas cuando se lee a los cercanos ideológicamente, o es que estamos todos ya muy atontados.

En cualquier caso, estamos cada vez más pobres de intelectuales. O quizás ahora me estoy dando cuenta que para ser intelectual no hace falta ser coherente ni pensar demasiado, basta con soltar un discurso para que aplauda tu parroquia aunque se digan burradas que no se admitirían en otros.

(Y ya salgo de esta camisa de once varas, pero es que me encuentro con cada basura en los medios)

Actualización

Como era de esperar, por meterme en camisa de once varas, en Twitter me insultaron y me acusaron de machista (recibí cientos de replies, muchos con insultos). Todavía no sé muy bien cómo funciona esa lógica de criticar a un machismo subyacente -el estándar feminista no se aplica si se trata de una mujer profesional guapa y elegante presuntamente del PP, en este caso parece ser válido usar los peores argumentos machistas para desacreditarla- pero terminar siendo acusado de machista.

Mareaban la perdiz (que si usé la palabra coñazo, o que “doy lecciones”, o que es falaz citar al libro de Kahneman, o que ellos/as no conocen a Punset, que hablo sin tener idea -no sé dónde hay titulación para poder hablar del tema-, alguno hasta metió a Menéame ¿?)… puede ser que no me gane el premio de estilo y humor, pero cuando hacía la pregunta clave ¿estás de acuerdo con el artículo de Almudena Grandes? la respuesta fue el silencio en todos los casos. O más red herring y excusas varias, el caso es que nadie, ninguno, ni uno sólo de los que me criticaron respondió con un sí o un no.

No sé si es feminismo de chichinabo o fanboyerismo partidista que nubla hasta los principios que aseguran tener tan claros. Tiendo a pensar que es lo segundo, pero eso haría también cierto lo primero (también creo que los “principios” deben aplicarse a todas las personas por igual, mujeres y hombres, del PSOE, IU, UPyD o del PP, si no, es un postureo hipócrita y superficial).

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Una crítica a Memecracia

septiembre 18, 2013 4 comentarios

Antes de ayer me enteré que salía el libro Memecracia de Delia Rodriguez. Inmediatamente fui a Amazon.com e hice la compra anticipada de la versión Kindle. Ayer a las 9 de la mañana Amazon ya me había copiado el libro a mi dispositivo, lo devoré entre la tarde y la madrugada. Es un libro delicioso de leer, con mucha información, muchas frases que me daban de aplaudir en la soledad de la sala, y otras que me han decepcionado bastante. Ningún libro es perfecto, y por eso mismo recomiendo este libro (le puse 4 estrellas).

Aunque sólo hablé con ella en persona muy pocas veces, conozco a Delia desde hace tiempo. Me parece una persona muy inteligente, observadora, curiosa, conocedora de las “culturas” dominantes en Internet, y con el punto cínico imprescindible para analizarla y criticarla con humor y acidez. Además es periodista, y con muchísima experiencia (a pesar de su juventud) en medios digitales, por lo que cumple una condición básica que debe tener un buen libro: relatar y teorizar basado en la experiencia propia, salpicado de historias reales.

Por todo lo anterior, mis sesgos personales  para opinar sobre el libro son difíciles de evitar, así que quizás deberíais tomar con un grano de sal mis halagos, y reconocerme el valor de hacer las críticas ;).

En primer lugar, recomiendo leer este libro, y si además estás interesado (¡deberías!) en cómo se informa, manipula y crean “memes”, eslóganes y tendencias culturales en Internet (y medios digitales), es un libro imprescindible.

Lo mejor del libro: la crítica ácida y dura que hace a su propia profesión, estoy seguro que hará que los periodistas -especialmente de medios digitales, inclusive los de su propio medio- se revuelvan en las sillas, y lo lectores a aprender a ser más escépticos hasta de sus propias mentiras. Cuenta cómo los medios se han adaptado a la forma de divulgar información, bulos y memes para conseguir más visitas, y cómo esto -sumado a la crisis económica y del periodismo- hizo que se olvidasen los principios éticos y deontológicos básicos. Tiene algunas frases que son para encuadrar. Para no hacer demasiado spoiler, y no alimentar demasiado mis propios sesgos (muy críticos con el estado del periodismo actual), me limitaré a citar a tres:

[...] Soy periodista y por tanto intento informar a los demás. No hay más mística en ello (o al menos no más de la que existe tras un peluquero que trata de dejar guapos a sus clientes o un médico que busca curar a las personas), pero ocurre que en nuestro oficio estamos haciendo justo lo contrario. Nos hemos convertido en una industria contaminante que lanza vertidos a la sociedad. No somos mejores que una tabaquera o una cadena de comida basura [...] intentamos hacer creer a nuestras víctimas que todo es por su bien.

[...] Y si ese ciudadano es un periodista que debe elegir al momento y en caliente sobre qué informar? La respuesta es evidente y el resultado, que todos estamos fallando. Los medios de comunicación se están transformando en medios de emoción. No somos ciudadanos informados, somos groupies de la información que nos excita; con la que nos alteramos y automedicamos.

[...] Redacciones diminutas servían para mantener el nuevo periodismo de bandera, en el que uno se envuelve porque le gusta cómo se se ve vestido con él [sic]  [...] Las costumbres de la prensa deportiva o del corazón (partidista, sesgada, atractiva, irracional, opinativa, divertida, grupal) se aplicaron con éxito a la política y la sociedad.

Aunque Delia critica a sus pares y su industria, no le dedica demasiadas líneas, de hecho estas críticas están entremezcladas -a menudos aparecen de sorpresa- en una relato y descripción de los bulos y manipulaciones más recientes en Internet, desde el vídeo promocional-viral de una ONG, a los mitos y bulos generados durante el 15M. Aunque no es muy extensa -por razones obvias de espacio-, la selección es adecuada, y el relato de su historia y cuál es la verdad sobre estos hechos es también muy informativa, y relatada de forma agradable.

También hay mucha información sobre las recientes investigaciones de científicos muy reconocidos, como Daniel Kahneman (especialmente de su libro Thinking, Fast and Slow -al que en mi opinión faltan varias referencias en el libro-) y Duncan Watts (especialmente de su libro Everything Is Obvious: How Common Sense Fails Us). En esto también es  bueno el libr, hace un resumen sencillo y digerible de los resultados de estas investigaciones que están cambiando el panorama de la sociología y psicología humana.

Pero aquí comienzan los problemas del libro.

A la par de estos investigadores serios y rigurosos coloca, en un totum revolutum, a otros que rozan la la pseudociencia y autoayuda de libro de aeropuerto (to say the least). Cita bastante, sin la crítica y escepticismo adecuado, a The Tipping Point de Malcolm Gladwell, un libro que tuvo mucho éxito, pero cuyas teorías están puestas en duda (incluso desmentidas por trabajos del propio Duncan Watts) y las que se les critica por ser un agrupamiento superficial y frívolo de ideas y teorías serias para crear un producto de puro marketing, justamente las condiciones de las pseudociencias (estas críticas han sido aún más duras con su libro Blink, leí ambos, el primero es mejor y al menos propone conceptos novedosos y convence fácil a aquellos que leen y contrastan poco, Blink es directamente pseudociencia para autoayuda).

Insiste también, y es una parte sustantiva de las hipótesis del libro, en la teoría de la pirámide de Maslow. Aunque no aparecía como tal en su trabajo “Una teoría para la motivación humana”, se convirtió en un “meme” de Internet. Tampoco fue popularizado por internet, ya en la década de 1950 se empezó a popularizar en las escuelas de negocios, como una forma más “humana” de gestión de empresas y sus empleados. Era una bonita idea, humanista, que rompía con los moldes de la psicología conductista (y abrió el camino para la positivista), pero es una teoría que jamás ha podido tener evidencias que la soporten. De hecho, investigaciones a partir de 1970 ya desmienten que exista ese tipo de categorías definidas -ejemplificada por la pregunta “extrema” ¿qué hay del poeta hambriento?-.

Pero sin duda, lo que menos me ha gustado del libro -aunque es de esperar, el título lo dice- es la generalización al extremo de las ideas de la memética. Ésta está acusada de ser una pseudociencia, de no tener evidencias suficientes, de no aportar nada nuevo, de no predecir nada, y de ser sólo una forma moderna y vendible de llamar a las ideas para así poder usar la terminología y principios de la genética (que por otro lado, es cualidad típica de las pseudociencias).

El uso de la palabra “meme” no me provoca escozor en principio, todos más o menos estaremos de acuerdo en qué es un meme, por ejemplo el “Ola k ase” (explicado en el libro), que sin ser un eslógan (no intenta vender ni convencer de nada) es una frase corta que se popularizó de forma viral y que pasó a ser parte de la cultura de internet. Pero elaborar toda una teoría científica a partir de ello, e intentar explicar la cultura a partir de “frases indivisibles” hay todo un trecho. En el mejor de los casos, le memética todavía no pasa de ser una hipótesis, muy atractiva y vendible, pero que no tiene ni las bases para ser considerada una teoría seria.

Aún peor es cuando se intenta usar las ideas de la memética para explicar hasta cómo se forman las ideas, sesgos y otras taras humanas. Es una gran simplificación, enorme, a la que tampoco veo utilidad. Aunque existan y se pueda elaborar una teoría consistente de memes, no tiene sentido usar esa “unidad básica” para explicar todos los fenómenos que ocurren en capas muchas más complejas. Para hacer un símil informático (nótese la distancia en complejidad con el cerebro, la psicología o neurociencia), es como pretender responder a la pregunta si P es igual a NP con “se trata sólo de seleccionar el orden de los bits o bytes”. O que pretendamos resolver el problema de los bugs en ingeniería informática mediante mecanismos para seleccionar y reordenar los bits de los programas. El problema debe ser atacado en el nivel de complejidad y abstracción adecuado -que involucra desde lenguajes formales de programación de alto nivel  hasta a la psicología humana-, y no simplemente como un problema de organización de sus partes fundamentales.

Pero de eso va el libro, entre las historias e información valiosa que nos relata -deliciosamente-, nos intenta vender la idea de que todo es tratable y solucionable a partir de la manipulación de nuestras “unidades básicas de comunicación”. El ejemplo más notable es al final del libro, cuando da las “recetas” para interpretar mejor a la información^Wmemes [*] que nos llegan. Ese compendio final es una mezcla de buenas y conocidas reglas de escepticismo, junto con reglas típicas de autoayuda. Por ejemplo de habla de seleccionar sólo los buenos memes y descartar los malos, otros autores más kumbayá hablarían de energías positivas y negativas.

[*] El ^W es otro “meme” muy informático, significa “borrar palabra”, por la tradicional combinación de teclas Ctrl+W de las consolas y editores de texto antes de la aparición de las interfaces gráficas ;)

También me llamó la atención esa especie de disociación entre las ideas y ética de Delia con las historias personales de la Delia profesional que relata, casi como si se tratasen de personas diferentes, con valores morales distantes. Por ejemplo, para compensar un pecado frívolo (así lo describe ella), hizo un artículo que recibió más de un millón de visitas: 15 imágenes que deberían hacernos pensar en la ropa que llevamos (FOTOS).

Ella misma explica que empaquetó cuidadosamente las imágenes para lograr la máxima difusión, recurrió sin pudor a las emociones y a la “ingeniería de memes” que tanto critica para lograr calmar su sentimiento de culpa, y de paso lograr millones de visitas (o viceversa, no lo tengo claro). Sin duda aplicó las normas y practicó casi el mismo periodismo que critica en las frases que cité arriba. Tampoco puedo dejar de lado, y ella misma lo cuenta, que el medio en el que es redactora jefa practica extensivamente todas las técnicas de manipulación e “ingeniería de memes” para lograr aumentar las páginas vistas (y es reconocido mundialmente, junto a BuzzFeed, un sitio aún más extremo en estas prácticas).

Es una situación rara, la Delia pensadora critica las prácticas de la Delia redactora, y conviven tan tranquilas. Aunque hay que reconocer la valentía de la conocida Delia redactora en dejar salir del armario a esa Delia de ácida crítica. Como mínimo, es refrescante, simpático y entrañable (si lo miras con empatía).

En resumen:

Un libro que recomiendo, es una pena que os perdáis la información e historias que relata, pero que al mismo tiempo hay que leer con mucho escepticismo. El mismo que Delia propone en la mayor parte del libro, y al que no hizo caso en muchas otras partes -hasta en la idea central del libro-. Pero así es la condición humana, Delia es lista y adorable, no me costó nada perdonarle. Personalmente, y lo que me divirtió, es que lo leí como si todo lo de memes fuese sólo una excusa pomposa para relatar, aclarar y criticar historias y bulos de internet y los medios digitales (muy en línea con otro libro que me encantó, y me hizo cabrear al mismo tiempo:  Trust Me, I’m Lying: Confessions of a Media Manipulator).

Si nos dijesen que es sólo un negocio… (de periodismo)

agosto 25, 2013 20 comentarios

Hoy me enteré que un medio (da igual cuál, no es lo importante) cede una sección de su periódico a una ONG -y grupo de presión- que no se corta un pelo a la hora de manipular información o para recurrir a “expertos” y asociaciones pseudocientíficas cuando les conviene. Me indigné, para mí existe una incompatibilidad muy de fondo entre pretender ser un medio de información veraz y al mismo tiempo ceder una parte de un medio a una asociación que recurre regularmente a la manipulación informativa para conseguir sus fines.

Sí, todos tenemos nuestros sesgos y preferencias ideológicas, pero así como la ciencia está definida básicamente por los mecanismos para evitar y detectar esos sesgos humanos, entiendo que el periodismo debe también usar mecanismos para minimizar esos efectos en la información que dan al público. Es decir, considero que el “periodismo activista” es un oxímoron, tanto como “ciencia religiosa” o “ciencia de izquierdas/derechas”.

Iba a criticarlo públicamente, pero como hay varios amigos y gente a la que respeto me abstuve y pensé en hacer la crítica por una lista de correo privada. Pero al cambiar de ámbito de la crítica, inmediatamente me planteé “¿y quién cojones soy yo para decirles cómo deben llevar su negocio?”, y desistí.

Pero lo seguí pensando, el problema es otro: la brecha entre lo que prometen como profesión (o empresas) y su praxis cotidiana, están “sobreprometiendo” y no cumplen el contrato social que ellos mismos han redactado.

Se describen a sí mismos como una profesión especial, el “cuarto poder” que sirve de control a los otros tres, que es imprescindible para la democracia, que el público necesita información veraz y que ellos la proporcionan basándose en valores éticos-deontológicos que están por encima de cualquier discusión. Pero en la práctica están muy influidos por sus propios intereses económicos-financieros y sesgos realimentados por la propia “redacción”, que no están contrarrestados ni minimizados por procedimientos o herramientas como las desarrolladas por la comunidad científica que, insisto, sufre de los mismos problemas humanos.  Si el periodismo se presentase en sociedad, o al menos explicasen por la bajini (cosa que tampoco hacen), que sólo se trata de ganarse la vida vendiendo información lo entendería y ni me plantearía una crítica por asociar su medio-empresa con una ONG o cualquier grupo de presión o activismo.

El problema es que los propios periodistas (y medios) se sitúan profesionalmente en una posición ética muy elevada pero no cumplen con sus promesas. Y esto que digo no es nada nuevo, hasta las encuestas del CIS lo sitúan entre las profesiones peores valoradas, el público es consciente que están por debajos de los estándares profesionales que ellos mismos han definido y “vendido” como parte de su contrato con la sociedad.

Lo que me lleva a la duda de si lo correcto es criticar cuando no cumplen con sus [propios] estándares, o directamente criticarles por vendernos un contrato imposible de cumplir.

No me gustaría lo segundo, todavía creo que necesitamos al periodismo con unos estándares éticos muy elevados, así que quizás siga criticando por no cumplir sus promesas y contrato social. Eso significa, entre otras cosas, que hay que recordarles no se puede cobijar ni tener negocios conjuntos con asociaciones y grupos cuyos objetivos sean contradictorios con tender a ofrecer información veraz, contrastada, y no manipulada por sesgos e intereses. Aunque la idea y objetivos parezcan loables y humanitarios, no se puede.

El periodismo debería  controlar a esos grupos y asociaciones públicas con el mismo rigor como lo haría con el PP, el Tea Party, o la corona.  Y lo peor que pueden hacer es otorgarles la misma credibilidad y autoridad que deberían tener periodistas y medios de información independientes. Pero al darles espacio, bajo la misma marca que el medio, lo están haciendo. Una pena que esto parezca normal, incluso moralmente deseable.

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‘Hackers’, soldados de una revolución ética… o vender humo con el tecnocentrismo

julio 10, 2013 3 comentarios

Hace unos días, Susana Urrutia me hizo unas preguntas (gracias) para el artículo ‘Hackers’, soldados de una revolución ética que acaba de publicarse. Hizo un resumen adecuado de lo que le había contestado, pero como en el mismo artículo salen otras personas con el mismo discurso tecnocentrista y vendehumos de la palabra “hacker” que critico, pongo a continuación mis respuestas completas a las preguntas de Susana.

¿Qué es un hacker? ¿y la ‘etica hacker’?

Los “hackers”, como se los conoce popularmente, son una especie de subcultura informática (o ingenieril) que se basa en hacer cosas divertidas y diferentes con los programas (u otros objetos). Nació originalmente en el MIT y fue popularizado Steven Levy en su libro “La ética hacker”, donde resumía esa ética en unos cuantos principios: compartir, apertura, descentralización, acceso libre a los ordenadores, mejorar el mundo. Las comunidades de software libre popularizaron aún más el término para referirse a sus mejores programadores, los que eran capaz de producir código o diseños de alta calidad y que los compartían en su comunidad.

Muchas veces se confunde a un “hackers” con los que se dedican a acceder a ordenadores de forma ilegal o no autorizada, a veces llamados “piratas informáticos”, pero no es el origen de la palabra, ni su uso habitual en las comunidades de programadores.

Pekka Himanen afirma  en su libro ‘La ética hacker y el espíritu de la Era de la Información’ que esta es “una nueva moral” que desafía a la ética protestante del trabajo. Concretamente, apunta:

“La ética hacker es una nueva moral que desafía la ética protestante del trabajo, tal como la expuso hace casi un siglo Max Weber en su obra clásica La ética protestante y el espíritu del capitalismo, y que está fundada en la laboriosidad diligente, la aceptación de la rutina, el valor del dinero y la preocupación por la cuenta de resultados. Frente a la
moral presentada por Weber, la ética del trabajo para el hacker se funda en el valor de la creatividad, y consiste en combinar la pasión con la libertad. El dinero deja de ser un valor en sí mismo y el beneficio se cifra en metas como el valor social y el libre acceso, la transparencia y la franqueza”.

¿Estás de acuerdo con estas afirmaciones?

Cuando leí el libro hace años, me entusiasmó al principio, luego me aburrió mucho, y no sé si sería capaz de volver a leerlo. Ya me parece exagerado relacionar directamente el modelo capitalista con una religión, una enorme simplificación. Aún más contraponer, simplificando, una subcultura informática -ideológicamente muy variada- con un modelo socio-económico y la religión al mismo tiempo. Me parece un exceso de simplificación, pura charlatanería. Ni la cultura hacker es tan uniforme (hay renombrados personajes de la “comunidad hacker”, como Eric Raymond, que en España serían considerados de extrema derecha), ni la sociedad es tan simple para intentar explicarla por la contraposición de esa subcultura con un modelo socio-económico.

Himanen menciona la ‘transparencia’ o la accesibilidad (podríamos hablar también de apertura) como valores distintivos de la ética hacker. Valores estos que, junto a otros mil y un veces referidos como la ‘meritocracia’, la cooperación o la horizontalidad, parecen haberse puesto ‘de moda’. Se habla de ‘gobierno abierto’, movimientos sociales abiertos y ‘sin jerarquías’-, OpenData, OpenAccess, licencias ‘abiertas / libres’…

¿Crees que existe un contagio entre los valores / practicas del hacker como figura teórica y el resto de la sociedad? ¿Te parece positivo?

En esto coincido con Morozov, es el “internet centrismo”: lo que es bueno para Internet -o un tipo de tecnología- es bueno para la sociedad, porque sí, y punto. Se ha abusado de estos términos, y se han creado y justificado como si Internet fuese una especie de regalo divino con un fin en sí mismo. Se cae en la justificación circular: si es bueno para Internet, debe ser bueno para la sociedad, y es bueno para lo sociedad porque es bueno para Internet.

El término “open” se popularizó con “open source”, que fue una forma de quitarle la parte filosófica-ética a los planteamientos de Richard Stallman y la Free Software Foundation. A partir de allí se tomó a “open” como algo bueno y sobre el que ni siquiera se pueden plantear dudas. Así llegamos hasta lo moderno, como “open government”, donde nadie es capaz de definirlo claramente, ni sus límites. Otra forma de vender humo, cuando he tenido experiencias personales y directas con políticos y empresarios activistas del “open government” que han sido incapaces de darme información sobre sus negocios con la administración (http://gallir.wordpress.com/2010/07/14/la-hipocresia-de-evangelizar-la-administracion-abierta-y-hacer-todo-lo-contrario/). Una claro ejemplo del uso y abuso de esos “palabros” para engrasar negocios privados.

Por otro lado, el software es muy importante para nuestra sociedad, no hay nada que no dependa de software. Estoy a favor de algunas de las ideas que se exponen como características de la comunidad “hacker”, sobre todo apertura y compartir código y conocimiento. No sé hasta qué punto ha contagiado a toda la sociedad. El software libre (y “open source”) ha sido todo un éxito, y ayudaron a tener una Internet abierta y sin discriminaciones. Pero no estoy seguro que sus valores y características deban ser aplicados a todos los aspectos de nuestra sociedad.

¿Qué valores / prácticas crees que están calando más? (si alguno lo está haciendo)

Desde el punto de vista sesgado de programador, realimentado en la cámara de eco, diría que valores como compartir o intentar mejorar el mundo. Pero seguramente es falso, ni la comunidad “hacker” es tan importante en la sociedad (¿qué porcentaje de la población la conoce?), y estos valores tienen orígenes diversos, desde las antiguas religiones, los movimientos políticos de todas las épocas, hasta las personas que donan sangre cada mes.

No debemos darnos tanta importancia, ya es cansino.

Siguiendo en esta misma línea, el verbo ‘hackear’ parece haber desatado cierta fiebre fuera del contexto puramente técnico. Se habla de ‘hackear la democracia / el periodismo / los movimientos sociales. Se habla de ‘hacktivismo’, ‘hackarquitectos’ y ‘hackabogados’. Todo parece susceptible de ser ‘hackeado’. ¿Cómo lo valoras? ¿Crees que el hacker y su ética son, efectivamente, los iconos de esta ‘Era de la Información’ o estamos ante una burbuja?

Sí, es lo de la cámara de eco que comentaba antes, y las ganas de usar palabros “cool”. Ahora muchos se autodenominan hackers, cuando en mi comunidad hackers es un adjetivo “honorífico” que no se pone uno mismo (como llamarse “soy un excelente programador, además divertido y que quiero mejorar el mundo”), son los demás. Así se abusa de la palabra, pero no es la única, hoy ví lo de 15MP2P, me llevé las manos a la cabeza. Otro ejemplo de usar etiquetas “tecno-cool”, pero lo peor es ese centrismo en la tecnología. ¿Cómo pretender explicar la sociedad por unos protocolos de comunicación? Vaya sobre simplificación más deshumanizadora. La tecnología es creación y resultado de la sociedad, no al revés.

De hecho, cada vez que leo algo que comienza con “hackear algo”, “AlgoP2P”, “empoderar”, “influencers”, “paradigma” o “tecnoactivismo” cambio de lectura rápidamente. Me están vendiendo humo, es un flipadillo que descubrió un palabro nuevo, o no me enseñará nada valioso.

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